De la página a la pantalla: Memorias de una Geisha

Una mirada crítica que confronta la riqueza de la novela con su adaptación cinematográfica. Entre estética, exotismo y simplificación, el análisis desvela todo lo que se pierde, y lo que se transforma, al llevar la historia a la gran pantalla.

Lara Victoria Musso Diomede

3/18/20267 min read

Hace unos meses me encontraba en una librería de libros de segunda mano. A la hora de elegir qué llevarme, siempre me entra la inseguridad de lanzarme hacia un libro que no conozco y que no he investigado antes. Hoy en día, donde la información siempre está al alcance de nuestra mano, se siente raro arriesgarse. Cuando vi el título de Memorias de una Geisha y me resultó familiar, decidí llevármelo a casa, y debo decir que fue una gran elección.

Memorias de una Geisha, como su nombre indica, relata la historia de la geisha Sayuri – o Chiyo – en la ciudad de Kioto durante la gran depresión, y luego la guerra. A diferencia de lo que parece ser la concepción popular del libro, el personaje de Sayuri es ficticio, creado a partir de varias personas que el autor Arthur Golden conoció mientras creaba la obra. Como lectores, se nos invita a seguir a Chiyo durante su historia de vida, y al hacerlo, nos permite conocer un poco de más de cerca el enigmático e intrigante mundo de estas mujeres. Son artistas profesionales, con el objetivo de entretener y servir con sus talentos y encantos. Desde el inicio, el objetivo de Chiyo es claro: ganarse la vida como geisha y sobrevivir dentro de ese sistema. Sin embargo, todo cambia cuando conoce al Presidente, el primer hombre que le muestra bondad y cariño, y que, a partir de entonces, se convierte en objeto de su devoción. A lo largo de su historia, diversos personajes acompañan su camino, mientras el lector descubre si finalmente logrará ganarse su afecto.

Sé que parece una historia muy cliché, pero créanme que es mucho más que eso. Para aquellos curiosos de cómo se vive en lugares y culturas tan lejanas a la occidental, este libro te envuelve enseguida entre los callejones de Kioto, las casas de té, las finas telas del kimono y los rituales ancestrales que incluso siguen hasta la actualidad. Jamás pensé que me encontraría googleando cómo suena un shamisen, o cómo se ata correctamente un obi.

Dicho esto, en 2005 sale una adaptación cinematográfica, dirigida por Rob Marshall, producida por Steven Spielberg y ambientada con una banda sonora compuesta por John Williams. Con esos nombres, podría garantizarse que será una verdadera fantasía, y no me malinterpreten, en muchos aspectos lo es. La adaptación cinematográfica de Memorias de una geisha deslumbra visualmente, pero al hacerlo sacrifica parte de la complejidad narrativa y cultural que convierte a la novela en una obra mucho más rica. De esta forma, quiero compartir mi análisis sobre aquellos puntos que podrían mejorar, abrir el debate sobre qué se considera una verdadera adaptación y cómo realizarla de la mejor manera posible.

Controversias culturales


La cinematografía de Memorias de una Geisha cumple con gran detalle y encanto todo sueño de lector que consigue ver una adaptación en la gran pantalla: una representación curada del mundo en el que se desarrolla la historia. Al leer el libro, el lector se transporta hacia las calles de Kioto, los acantilados del pequeño pueblo de Yoroido y las majestuosas casas de té. La película tiene un trabajo de arte muy cuidado, sintiéndose como un viaje hacia un lugar y tiempo distintos. Ahora, es importante remarcar que la producción hollywoodense recibió críticas por su representación occidental sobre Japón. El idioma se presenta como la primera alarma, prevaleciendo el inglés en toda la película y agregando algún que otro término japonés para no perder la veracidad del relato. Además, ninguno de los dos personajes principales es representado por actrices japonesas, sino chinas. No puedo evitar remarcar la ironía de este dato siendo que la película se prohibió en China, ya que se creía que podía causar controversia a causa de los conflictos políticos, tanto históricos como actuales, entre los países. Entre otras de las causas se encuentra la sexualización de las actrices, y, por ende, de las geishas de la película.

Esta acusación también cayó sobre el libro, en el que se critica la importancia que se le da a las relaciones íntimas de las geishas o al mizuage (ceremonia que implicaba la pérdida de la virginidad de una geisha), en comparación a las artes y formación que reciben. En mi opinión, el libro sí nos acerca al mundo de las artes de una geisha, la música, la danza y la ceremonia del té, e incluso me llevó a investigar por mi cuenta. No obstante, en ambas obras, especialmente en la película, la figura de la geisha se presenta como un ser exótico y enigmático, difícil de alcanzar, aproximándose más a la imagen de una acompañante de lujo que a la de una artista formada en disciplinas de gran valor dentro de la cultura japonesa. Me gustaría pensar que hoy en día esta misma película sería llevada con más respeto y autenticidad, como el caso de Minari (2020), Parasite (2019) o Roma (2018).

Temáticas y simplificación: la constante búsqueda del amor.

Con respecto a la temática tratada en la película, siento que caen en el error de simplificar la obra al aspecto romántico de Sayuri y su objetivo de estar con el Presidente. Es comprensible que las geishas, dadas el momento y contexto cultural, solo podían acceder a una vida tranquila y cómoda a través de un hombre que las mantuviera o se casara con ellas. La película comete el error de quedarse en la narrativa que frecuentemente se halla de que, aunque Sayuri jamás podrá ser libre ni independiente, por lo menos encuentra el amor en el Presidente y logra ser feliz.

El libro, en cambio, presenta a un personaje mucho más complejo que, aunque sí estaba enamorada del Presidente, hace hincapié en varios momentos en que fueron sus acciones y deseos intencionados de encontrar la felicidad lo que la llevaron a convertirse en una geisha de renombre. El Presidente habrá sido su incentivador, pero su dolor y experiencias son las impulsoras de sus decisiones, generando en el lector una intriga y apoyo hacia el personaje, de se haga justicia y reciba el reconocimiento por el que tanto luchó. Esta frase del libro lo refleja muy bien:

“…me asombraba cómo había podido cambiar mi paisaje mental. Todos sabemos que una escena invernal de árboles cubiertos con mantos de nieve será irreconocible a la primavera siguiente. No me podía imaginar, sin embargo, que algo así podía suceder dentro de nosotros mismos. … Estaba rebosante de entusiasmo; y en ese jardín mental había una estatua, precisamente en su centro. Era la imagen de la geisha que deseaba llegar a ser.”

La película podría haber desarrollado un personaje mucho más interesante, con objetivos más grandes, resultando en un viaje del héroe más cargado de dramatismo e identificación por parte de la audiencia. La lucha de Sayuri es la lucha por sobrevivir y crear una realidad propia mejor, y en esa temática todos nos podemos ver reflejados.

Los personajes de Nobu y el Presidente

A su vez, el libro pone mayor énfasis en las luchas de poder entre geishas, mostrando cómo utilizan sus recursos para ganar reconocimiento y cómo las figuras masculinas actúan en ocasiones como instrumentos dentro de sus estrategias para alcanzar una vida mejor. El personaje del Presidente adopta un papel mucho más pasivo, llegando a percibirse más como una presencia o como una proyección del deseo de Sayuri que como una persona real. En cambio, adquiere mayor relevancia la figura de Nobu, socio del Presidente. Mientras que en la adaptación se presenta principalmente como un medio para llegar a él, quedando reducido a un personaje plano y poco agradable, el libro lo construye como una figura enigmática que, pese a resultar en ocasiones molesta o irascible, despierta gran interés en Sayuri y los lectores. Nobu se muestra tan complejo como la propia Sayuri y funciona a la vez como obstáculo, como vía de acceso al Presidente y como el apoyo de un amigo en distintos momentos. La frase “sencillamente no me gusta tener delante de mí lo que no puedo alcanzar” genera más cosas en el libro que en la película. Esta dimensión del personaje apenas se traslada a la gran pantalla, siendo, en mi opinión, un desaprovechamiento de un personaje secundario que tenía el potencial de impactar en el personaje de Sayuri y hacerla incluso más interesante.

Entonces, ¿cómo se hace una buena adaptación?

Estos son solo algunos de todos los puntos que creo que no tuvieron justicia en la película, pero hay que reconocer que las adaptaciones no pueden abarcar TODO, y que una de sus tareas más difíciles es simplificar la historia para que el mensaje se logre transmitir en 120 minutos. Dicho esto, Memorias de una Geisha es un trabajo muy completo, con personajes igualmente interesantes y una historia que nos envuelve en un mundo totalmente nuevo, para acercarnos más a la realidad de muchas mujeres japonesas en el siglo XX. La película termina con una frase que resume todo esto:

“Después de todo, estas no son las memorias de una emperatriz, ni de una reina. Son las memorias de otra clase de mujer.”

Esta frase, más que terminar la historia, parece querer justificar la sobre simplificación de la obra. Hacer una adaptación es un desafío muy grande, pero son muchas las películas que se quedan con las narrativas populares o las deslumbrantes representaciones visuales, y que parecen dejar de lado algunos temas que, aunque más complejos de representar, resultan más profundos y cercanos. Dejo aquí la última frase del libro para hacer una comparación:

“Pero ahora sé que nuestro mundo no es nunca más permanente que una ola que se eleva sobre el océano. Cualesquiera que sean nuestras luchas y nuestras victorias, comoquiera que las padezcamos, enseguida desaparecen en la corriente, como la tinta acuosa sobre el papel.”


El final del libro muestra a simple vista que el tema es mucho más trascendental, humano y sincero. Nuestras historias, con todos nuestros sufrimientos y alegrías, con el tiempo van desapareciendo y siendo parte de un pasado muchas veces olvidado. Aquí la existencia del libro se reafirma, siendo ese medio tan antiguo y cercano para acercar historias, incluso hasta la actualidad. El tema universal de las experiencias de vida ajenas para dar sentido a las propias podría haberle aportado gran valor a la película.

Tal vez es aquí donde recae la magia de los libros, en esos detalles, personajes complejos e historias de vida impactantes, que a veces tienen más emoción por su capacidad de mayor longitud. Personalmente, me gustaría pensar que la representación cinematográfica cuenta con los recursos suficientes para hacernos llegar mensajes igual de potentes y relevantes, siempre que se trabaje la narrativa adecuadamente.